El viaje más emocionante de mi vida.
En marzo de 2024 tuve la oportunidad de vivir una de las experiencias más emocionantes de mi vida: viajar a Uganda, con el proyecto Yamba, para conocer en persona a nuestros dos niños apadrinados, Ochwo y Janet.
Desde el primer momento, Uganda me sorprendió y se metió dentro de mi corazón: los paisajes de tierra roja, las sonrisas de la gente y la energía de las calles. Todo era extraño para mí, y durante las primeras horas el choque cultural me abrumó un poco. Qué poco rato duró esa sensación… A las pocas horas ya me sentía como si estuviera en casa y esa sensación de liberación, de no preocuparte por nimiedades, de reconectarte contigo mismo, eso sólo lo he sentido en África. El viaje desde Entebbe a Fort Portal se me hizo eterno, ansiosa (y muy nerviosa) por conocer a todos los niños de Yamba, entre ellos a esas dos personitas especiales que sólo conocía a través del teléfono.
El encuentro con Ochwo y Janet
El encuentro con Ochwo y Janet fue indescriptible. Si pudiera expresar con palabras la emoción que sentí al recibir esos abrazos… Esos abrazos, que ya han quedado grabados en mi corazón para siempre, fue la expresión más elocuente de que cada gesto cuenta. Que apadrinar no es solo enviar ayuda, sino construir un vínculo. Un vínculo que perdurará para siempre entre nosotros.






El gran trabajo del equipo Yamba en la comunidad
El equipo de Yamba nos recibió con los brazos abiertos y nos mostró cómo trabajan cada día para mejorar la vida de los niños: acceso a educación, alimentación y un futuro con más oportunidades. Fue inspirador ver el impacto real que tiene en la comunidad.

Mientras estuvimos allí, visitamos a algunas de las familias de los niños, que nos acogieron como si fuésemos uno más de la familia.
Me sorprendió que, sin tener casi nada, ni siquiera para comer, consiguieran hacernos un regalo, caña de azúcar, que nos dieron como agradecimiento por nuestra visita.
Aproveché la ocasión para llevarles una caja con alimentos básicos, como arroz, harina, legumbres, pan… Quería corresponderles y expresar mi gratitud por abrirnos las puertas de su casa.
Sentir y ver en primera persona cómo viven las familias fue una experiencia que llevaré para siempre en mi corazón. Es tan diferente a la vida que tenemos aquí.
Dejando granitos de arena que allí son montañas.
También aprovechamos nuestra estancia para ayudar en la rehabilitación de una sala que acondicionamos para convertirla en un aula de informática. Llevamos unos cuántos portátiles para poner en marcha el proyecto. Su primer contacto con ordenadores… os podéis imaginar su ilusión y lo que significa para su futuro.
Nuestro regalo de despedida fue una comida especial para todo el colegio dónde viven y estudian los niños de Yamba. Intentamos darles algo que fuera diferente a su comida diaria habitual (una especie de masa hecha de harina y agua acompañado de algún caldo de verduras para humedecerlo), así que les hicimos arroz acompañado de una salsa a base de tomate, cebolla y cacahuete.


«Mi viaje a Uganda me ha cambiado. Ahora sé que la solidaridad no entiende de distancias y que lo que a veces nos parece pequeño, para ellos significa todo. Ahora aconsejo a todo el mundo apadrinar, porque lo que recibes a cambio es infinitamente mayor de lo que das».

