Siete días que se quedan para siempre
Llegar a Proyecto Yamba y compartir tiempo con sus niñas y niños ha sido, sencillamente, increíble. Una experiencia intensa, profunda y llena de vida que me ha marcado para siempre.
Durante siete días hicimos de todo. Uno de los objetivos principales del viaje era enseñar a las niñas y niños más mayores a crear páginas web. Llevaba preparada una aplicación gratuita para ello… que, para ser sincera, no funcionó como yo esperaba. Y ahí ocurrió la magia: lejos de rendirse, ellos siguieron investigando hasta que encontraron por su cuenta una plataforma gratuita para hacer páginas web. Su capacidad de aprendizaje y su ambición por saber más es asombrosa.



Todas las mañanas, independientemente de la hora a la que nos hubiéramos acostado, estaban puntuales como clavos para las clases de informática. La ilusión que les hizo a algunos tener su propio correo electrónico es difícil de explicar con palabras. Es un afán de superación que, sinceramente, cuesta ver hoy en día en muchos adolescentes en España.
Compartir también es cocinar
La comida allí suele ser siempre la misma, sobre todo en los colegios: posho, una masa de harina de maíz que comen y cenan todos los días. Aprovechamos el viaje para preparar algo especial juntos. Un día hicimos fajitas con guacamole y arroz en pan chapati. Digo “hicimos” porque cocinar allí es un baile, una armonía perfecta donde cada persona sabe qué hacer: unos encienden el fuego, otros pelan y pican ingredientes, otros ayudan con las cantidades… y creedme, cocinar para 70 personas no es ninguna broma.
Otro día tocó el famoso arroz amarillo, una especie de pseudo paella que les encanta, con más de seis kilos de arroz. Pura celebración.














Entre risas, música, fuego, humo y mucho amor, terminamos la sesión con unos buenos espaguetis a la boloñesa, que nunca fallan.
Comer es importante, claro que sí. Pero compartir es mucho más.
No olvidaré nunca esos momentos alrededor del fuego, cocinando juntos, riendo, ayudándonos sin que nadie tuviera que pedirlo. Cada gesto, cada mano pelando, removiendo o sirviendo hablaba de unión, de comunidad, de familia.
Porque allí la comida no es solo alimento: es encuentro, es cuidado y es amor.
Y esos momentos compartidos, sencillos y reales, se quedan grabados para siempre en el corazón.
Pequeños gestos, grandes lecciones
Son niños y niñas honrados y generosos. Cuando repartes una chuche y alguno ya ha comido, te lo dice sin dudar: “No, yo ya tengo, dásela a otro”. Levantarte con ellos cada mañana, recibir ese “Good morning!” lleno de sonrisa, compartir juegos, tareas, películas, clases, bailes… y terminar el día entrando en las habitaciones para el beso de buenas noches. Todo eso es vida.
Estos niños no piden. Solo dan lo que tienen: amor, gratitud, sonrisas.
Me he ido de Yamba con una emoción que no sé describir. Cada uno de ellos, pequeños, mayores y más mayores, tiene ya un espacio en mi corazón.
Tu colaboración es clave
Nada de esto sería posible sin la colaboración de personas comprometidas. Ayudar a Proyecto Yamba es fácil y hay muchas formas de hacerlo, tal y como explicamos en nuestra web:
Donaciones puntuales o periódicas, que permiten cubrir necesidades básicas y avanzar en la construcción de Yamba Home.
Apadrinamiento, apoyando directamente la educación de una niña o un niño.
Voluntariado, aportando tiempo, conocimientos y manos cuando más se necesitan.
Difusión, compartiendo nuestro proyecto para que llegue a más personas.
Cada gesto cuenta. Cada ayuda suma.
Gracias por estar ahí y por formar parte de esta historia tan llena de sentido.
